El PRI sigue más vivo que nunca. Esta boda insultante, nos lo vino a recordar.

La boda del sexenio

Ataviada con un hermoso vestido de novia de $180 mil pesos, que se parece más al de una quinceañera de vecindad de la CDMX, en estos días hemos presenciado la sencilla y austera boda de Claudia Torres Pavlovich, hija de la gobernadora priyista de Sonora, Claudia Pavlovich, con el empresario Héctor Bravo Mazón.

Al discreto evento solo concurrieron familiares y amigos cercanos. Se calcula que unos 1 400. Todos ellos incumpliendo descaradamente con las medidas sanitarias impuestas por la pandemia; sin guardar la sana distancia y menos portar el cubrebocas, como es costumbre de muchos políticos de nuestro país. Seguramente más de alguno de los asistentes ya habrá viajado al otro lado a vacunarse, por eso andaban tan quitados de la pena.

La mamá de la novia, la gobernadora Claudia Pavlovich, quitó las cortinas floreadas de la sala de su casa y con ellas se mandó hacer un despampanante vestido que hasta le arden a uno los ojos de verlo.

Según lo narran las diferentes crónicas sociales el majestuoso evento nupcial se llevó a cabo en la Hacienda Centenario, propiedad de la empresa tequilera José Cuervo, en el estado de Jalisco.

Llamó mucho la atención esta singular boda, no solo por el derroche y lo tumultuario del evento, cuando estamos en los momentos de mayor algidez pandémica, sino por la calidad moral de algunos de los que se dieron cita ahí, la mayoría miembros sobresalientes del Revolucionario Institucional.

Se menciona que asistieron los expresidentes, Carlos Salinas de Gortari y su cachorro, Enrique Peña Nieto, quien esta vez no iba disfrazado con peluca y gorra de beisbolista, Miguel Ángel Osorio Chong, la Manlia, digo, Manlio Fabio Beltrones y Luis Videgaray entre otros.

Puro candidato a residente de Almoloya.

Al más puro estilo de la nobleza azteca los asistentes hicieron gala de sus costosas vestimentas, carísimas joyas, relojes, peinados y perfumes exóticos, que no lograban disimular el fuerte olor a podredumbre que emanaba del jolgorio.

Era evidente que, con el pretexto del desposorio, se trataba de mandar un mensaje de unidad a propios y extraños. Era decir, aquí estamos los priistas, listos para dar la batalla electoral o emigrar a Morena, según sea el caso.

Ahí estaba parte de la elite del priismo más recalcitrante, solo les hizo falta Diego Fernández de Ceballos y el cardenal Juan Sandoval Iñiguez.

El evento estuvo amenizado por el potrillo, Alejandro Fernández, y se ofrecieron exquisitos aperitivos fríos y calientes, (salmón, jamón ibérico y quesos)

Para amenizar la reunión se estuvieron contando chistes de AMLO y recordando sus más famosas ocurrencias, lo que provocaba sonoras carcajadas entre los ex compañeros de partido del presidente de México.

La noticia de tan singular enlace matrimonial la recibe la mayoría de la sociedad mexicana como una bofetada, dadas las condiciones de precariedad, enfermedad y angustia por la que pasan millones de familias que sobreviven con apenas lo mínimo para mal comer.

Estuvieron alegres y relajados los verdaderos delincuentes, saqueadores del patrimonio de la nación, estafadores profesionales, pájaros de cuenta que han contribuido a empobrecer a este país por décadas recordándonos que la maquinaria de corrupción y oprobio que padecemos continúa intacta.

El PRI sigue más vivo que nunca. Esta boda insultante, nos lo vino a recordar.